Presentación Mauricio Vargas

Wednesday, December 5, 2007 / 2:21 am
Muchas gracias a Editorial Planeta, a su gran jefe y gran conspirador de libros, Francisco Solé, a William y a Shakira, por darme la oportunidad de servir de médium en este evento lleno de simbología.

Antes de proceder a un conversatorio relajado y más bien casual con el autor, y a alguna sorpresita más, quiero aventurar unas palabras a manera de abrebocas, a sabiendas de que el plato fuerte será la charla que ya les anuncié. ---

Hoy, me atrevo a decirlo con todo el respeto y el cariño que profeso por ambos, es el primer día en muchos años en que William Mebarak Chadid no es el papá de Shakira. Hoy, insisto en que lo digo con la venia de ambos, Shakira es ante todo la hija de Billy, y ella -que hoy por ello mismo no estará firmando autógrafos- y todos los demás estamos acá para acompañarlo y rendirle homenaje, para asistir al bautizo de su libro ‘Al viento y al azar’ que presenta, con gran acierto, Editorial Planeta.

Reúne este volumen un conjunto que, en el prólogo, Shakira atina al definir como “ecléctico”, una suma de textos lo mismo de ficción que periodísticos y de opinión, y unos cuantos poemas de buena factura. Hay campo para el cuento efectista, ese que hipnotiza desde la primera línea y casi hasta el final, y que sacude, por la vía de la sorpresa, de lo inaudito, de lo impredecible, en el último párrafo.

También hay lugar para la nostalgia, para las evocaciones de juventud, la vieja Barranquilla embrujadora o la Bogotá en blanco y negro de mediados del siglo pasado, los amores y desamores de primíparo, las tertulias de antaño, todo ello salpicado de pinceladas a veces costumbristas y a veces abiertamente tributarias de la picaresca.

Están igualmente los textos periodísticos, las columnas de opinión de un hombre de mente abierta pero convicciones firmes, las reseñas de lecturas y la anécdota, las ganas de echar un buen cuento, eso que siempre he creído distingue a buen barranquillero. Hace algunos años, justamente el presidente de Planeta Francisco Solé, me preguntaba por qué me gustaba tanto ir a Barranquilla a tertuliar con los amigos, por qué prefería la tertulia ‘quillera’ a la cachaca. Le contesté: “Porque mientras en Bogotá todo el mundo tiene una teoría y se la despacha empacada en un discurso grandilocuente, en Barranquilla todo el mundo tiene un cuento, por demás alucinante, y se lo echa con la mayor naturalidad, como quien se come un patacón con suero”.

Yo prefiero los cuentos a las teorías y a los discursos, aunque me gano la vida un poco en todos esos campos, que con la sola literatura –ya se sabe- no alcanza para el mercado y, menos aún, para el whisky.

Y aunque en ‘Al viento y al azar’ también hay teorías –es el lado cachaco que William Mebarak también lleva dentro-, todas ellas, al igual que las meras narraciones, están enmarcadas en un cuento, en un relato, en una anécdota, a veces incluso en una fábula, en el sentido que a ese género le dieron Esopo y La Fontaine.

En ‘Al viento y al azar’ hay de todo, como en botica. Y está ordenado –o debería decir, intencionalmente desordenado- para que el lector se lo goce así o, si lo desea, en la secuencia caprichosa que él quiera imponerle al abordaje de esta nave de lecturas. En ese caso, poco importará si el asalto lo inicia por la popa, por la proa o por estribor. Igual disfrutará. Siempre, en alguna página suelta, podrá toparse con un párrafo apabullante como éste: “La pendiente y el lodo aumentaron la velocidad, y la imprevista salida de la ruta concluyó en una estrepitosa colisión contra un árbol, que destruyó la parte frontal del auto y dejó a la novia con su cabeza incrustada en la telaraña en que había quedado convertido el parabrisas”. Como decía el inolvidable narrador uruguayo Horacio Quiroga en su aleccionador decálogo del perfecto cuentista: “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla: “Desde el río soplaba el viento frío”. Lo que sobra, que no estorbe, agrego yo. La sencillez es la partera de la mejor literatura.

Hay algo de renacentista en este extraordinario personaje que es Billy Mebarak. Como esos hombres del siglo XVI que resultaba imposible definir en su oficio porque hacían un poco de todo, “ha desempeñado –lo señala Antonio Celia Cozzarelli en uno de los prólogos- las más varias ocupaciones, desde locutor de radio, redactor de prensa, administrador de empresas, visitador médico y profesor de literatura e historia, hasta joyero y escritor…”

Aunque claro, y en eso también repara el viejo Toño Celia al igual que el otro destacado prologuista, Eduardo Arango Piñeres, su máxima producción es ser padre de Shakira. No lo dicen ellos, ni yo lo cito, a la ligera. No es sólo que Billy Mebarak haya cumplido con lo más básico y elemental de la paternidad: ofrecer sus genes. Es que día a día -por el camino del ejemplo, que siempre es más efectivo que el de la cantaleta- le enseñó a su hija. Así es: Shakira lo vio escribiendo una y otra vez, al amanecer o tarde en la noche, no importa si para la época dedicaba la mayor parte de la jornada a una empresa, a sus viajes como visitador médico o a sus tareas como joyero y relojero.

Ella lo plantea, lo reconoce, “de cara al viento”, según sus propias palabras. Ella sabe lo que le debe al “hombre que no sólo me dio la vida, sino que continúa cada día inspirándola como quien apenas siendo consciente de ello, respira sobre una flama y con cada exhalación la aviva”. La estoy citando y debo decir que ella también se ajusta al decálogo de don Horacio Quiroga.

Fue él, William Mebarak Chadid, quien le enseñó a Shakira el amor por el más maravilloso invento de la humanidad: la palabra. Y debo decir que es la palabra, que ella viste de música, de danza, de ensueño, como ninguna artista contemporánea en este mundo sabe hacerlo, la que le otorga un sello de calidad que la pone por encima de los demás, aún si en ese lote de “los demás” hay muy buenos artistas. Ellos son muy buenos. Ella es única. Y lo es, está claro, gracias a que maneja la palabra como maneja su cadera. Eso, lo de la palabra, no tanto lo de la cadera, se lo debemos a su padre. Remato con palabras de Shakira que así lo confirman: “Si existe en él un arma de fascinación que bien ha conseguido utilizar conmigo y un vehículo infalible de comunicación entre mi padre y yo, ha sido la palabra”.

En últimas, a eso hemos venido todos aquí: Billy, Shakira, ustedes y yo mismo. Hemos sido convocados para homenajear a la palabra, a la que todos, en general, tanto le debemos, aquella misma que William Mebarak, en particular, maneja con una maravillosa mezcla de desenfado, malabarismo y ternura.

Muchas gracias.

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